12.11.12

DELIRANDO

Una migraña prolongada y densa me ha retenido en la cama y la oscuridad durante un tiempo muy lento. He soñado que nos encontrábamos en el encarnado y fugaz atardecer africano junto al mar. La música de las olas se transformaba en mi respiración. O al revés. Caminábamos sobre la húmeda orilla hacia el agua bañada de luna. Te contemplaba desnuda, de espaldas, avanzando unos pasos por delante de mí, esperándome tu mirada por encima del hombro. Ambigua.

Escuchaba la llamada de África... En realidad me ha estado llamando todo este tiempo.

30.11.11

SOBRE FAROS Y SUEÑOS

Claudia, ahora que el clima está tan lluvioso me encierro en la casa del acantilado, prendo unos leños en la chimenea y, reconfortado por su crepitar, me acerco al balcón para contemplar entre las cortinas la oscura vastedad del mar allá abajo. Ensimismado atisbo entre las lejanas brumas la luz magnética y esquiva de un faro solitario al que los felices azares de una antigua travesía me condujeron en cierta ocasión. Me complace regresar a él esporádicamente pero no se trata de un faro ordinario sino que, como en una suerte de sortilegio, a menudo desaparece o cambia de ubicación. O acaso, cuando los hados se muestran generosos y logro dar con él, lo encuentro aparentemente abandonado y sin embargo se mantiene cálido y acogedor, como si alguien acabara de ausentarse. Sonríen las flores de sus macetas, alberga coquetos tesoros en sus rincones y conserva la esencia de su farera encantadora.

Recordarás que cierta tarde de este verano consumido y sobrepasado en que retroalimentábamos nuestra mutua confusión y melancolía en la terraza del Café de los Soportales, te contaba sobre él y las resplandecientes buganvillas que lo abrazan y, no sé por qué, me respondiste con eso de que la vida es una ilusión, una sombra, una ficción, que la vida es sólo un sueño y los sueños, sueños son. Pero querida Claudia, ¿qué importa que seamos actores de un sueño si alguna vez hemos brindado exaltados abrazando a nuestros amigos o hemos llorado de emoción escuchando una música que amamos? Pero tú insististe: “Yo no quiero permanecer en él. No me resigno a formar parte del sueño de alguien que padece insomnio. ¿Pueden rebelarse los personajes soñados contra el sujeto que los sueña?” No lo sé. Supongo que no, si ese sujeto es uno mismo. No obstante tú pareces dispuesta a intentarlo. Cuenta conmigo pues y dispongámonos a afrontar las consecuencias.

"A Mar"

"Sascalia"

7.11.11

CAMINOS DE POLVO


Bogamos durante horas en la canoa por aguas mansas y poco profundas acompañados exclusivamente por una sucesión de aves de diferentes especies que parecen examinarnos con curiosidad y suficiencia. La mujer que ha arriesgado tantas cosas importantes por acompañarme se sienta delante y la observo sin que lo perciba. Absorbe jovialmente las experiencias de nuestra pequeña aventura y afronta los inconvenientes con la mejor disposición. Tan sólo flaqueó en Serekunda, un lugar incómodo donde nos topamos con contrariedades, renuncias y tiempo perdido en la búsqueda de soluciones.

Alcanzamos el campamento justo a tiempo para presenciar desde la terraza el precipitado crepúsculo de estas latitudes reflejado en el río a través de las palmeras. En nuestra ausencia ha llegado un grupo de holandeses en safari ornitológico. No hay electricidad y unos cuantos quinqués distribuidos por diferentes puntos iluminan el campamento con su equívoca luz somnolienta. Tras la cena, en algún momento surge un djembé y en seguida se manifiesta la excelente predisposición a divertirse que tienen las gentes de aquí: Mama toca, Adama canta, Fode baila, nosotros acompañamos el ritmo con las palmas. Todos cantamos y bailamos.

Existe una foto en la que aparecen Mama, Fode y ella. Un día, en el transcurso de una larga conversación nos solicitaron que se la hiciésemos para enviársela después. Ellos dos permanecen firmemente aferrados de la mano. De pronto sus expresiones se han vuelto tristes, sus miradas sobrecogen de tan intensas.

Un funcionario de cierta importancia nos recoge del camino en su vehículo todo terreno evitándonos recorrer varios kilómetros a pie acarreando las pesadas mochilas. Nos agrada el pueblo limpio, tranquilo, las calles son de arena, hay un bonito colegio y un centro de salud que funciona con paneles solares pues aquí tampoco llega la electricidad.

Nos duchamos a bucarazos detrás de una tapia antes de cenar. La cama resulta más confortable que las que nos han acogido últimamente y la llama de una vela proyecta nuestras sombras ondulantes fundidas en la pared de la choza.

Después de entrevistarnos con Tabo y haber conversado sobre lo que teníamos que tratar con él sin aclararnos demasiado llega el momento de abandonar la aldea. Cargamos las mochilas al hombro y nos echamos al camino una vez más. Nos han asegurado que encontraremos una parada de guele-guele en un par de horas. Caminamos pensativos, bebiéndonoslo todo con los ojos pese al sol y la humedad. El sendero de tierra está surcado de huellas. Me llaman la atención las de unos pies infantiles descalzos. Junto a ellas y a las otras de diversos calzados y bicicletas se van imprimiendo también las de nuestras botas y para los que vengan detrás será como si todos hubiésemos estado simultáneamente en ese lugar. Y sin embargo, ¿hacia qué porvenir se dirige cada rastro? ¿Qué le aguarda al hombre que será ese niño? ¿Hacia dónde va ella? ¿Qué gravedad determina el rumbo de sus pasos? ¿Qué tempestades impulsan los míos? La estación húmeda está próxima y las lluvias embarrarán el camino haciendo desaparecer la evidencia de que una vez existimos precisamente allí. Nuestras intenciones siempre nos parecen más relevantes de lo que son en realidad.

 

26.10.11

EL PARAÍSO

Mientras conducía hacia la parada del guele-guele Razs nos introdujo brevemente en la situación social de su país, el azaroso conglomerado de etnias y lenguas. Una mayoría mandinka, una cultura dominante wolof y un presidente jola. Abandonamos Banjul con los sentidos inflamados de tanta percepción nueva tras un fugaz paso por su agitado embarcadero, su mercado, el único pub irlandés que yo haya conocido parecido a una cabaña jamaicana y un par de amigos músicos que pretendían organizarnos una fiesta.

Apretados y sudorosos en el guele-guele, atravesando baches y controles de policía, buscamos un lugar costero hacia el sur lo más apartado posible del hombre blanco. Los días que siguieron comimos pescado con arroz aderezado de mil deliciosas maneras, hicimos el amor entre las palmeras y el Atlántico, recogimos conchas, nos bañamos, contemplamos la puesta de sol en la playa. Mariama nos ayudó a  lavar la ropa en el pozo y después, por las noches, las visitábamos a ella y a su prima –también Mariama- en “su lugar” y a la luz de las velas conversábamos e intercambiábamos humildes presentes. Luego, en nuestra choza, tardaba en dormirme y me despertaba frecuentemente por el calor, el estruendo de los insectos, la secuencia atronadora de las olas y los sueños colmados de imágenes recién adquiridas y de sentimientos intensos.

Aquí no hay grandes centros comerciales ni estadios ni teatros ni hospitales. No poseemos nada, tan sólo lo que acarreamos en la mochila. Y todo parece muy fácil, las preocupaciones quedan fuera del alcance del pensamiento, estamos en el paraíso. Somos felices pero no se puede vivir siempre así. O tal vez sí se puede, ¿por qué no? Lo que falta es el valor o algo más, alguna certeza.

Mariama nos llevó a conocer su aldea, un par de calles en el polvo del camino, un aire de luminosidad cegadora y una gran cantidad de niños pobres y alegres. Nos invitó a su casa y nos presentó a sus padres y hermanos, contenta y orgullosa.

Otro día, al alba, el amanecer húmedo nos encuentra por la carretera vacía, caminando hacia la escuela con Mariama. El olor de las plantas es muy intenso y parece agazapado tras los arbustos de la cuneta. Nos asedia y se me ocurre entonces que a partir de ahora siempre lo vincularemos a este preciso rincón del planeta donde nos hemos sentido vivos. La luz nueva va descomponiendo algunos jirones de niebla que flotaban sobre las lagunas desvelando la silueta de una amenaza pospuesta. La tristeza… los silencios y alguna lágrima de nuestra amiga. Pronto nos marcharemos.

Hasta que llega el final. La última noche sobrecogedora. Nos estamos despidiendo en el “lugar” de Mariama. La luz de una vela baila en las pupilas de las muchachas. Comienzan a oírse djembes desde la playa y un resplandor de fuego se eleva por el cielo nocturno. Poco después aparece súbitamente Ousman, como desprendiéndose de pronto de la oscuridad, y nos invita a sumarnos al festejo pero las chicas no pueden acompañarnos. Llora Mariama, nos abrazamos. Su prima está asustada, permanece oculta en las sombras. Nos separamos. Sus grandes ojos blancos nos persiguen por el sendero.

En la arena de la playa los tambores, las olas regulares y la hoguera que ruge devorando ramas enteras de palmeras. Veo a Emma y a Chris. Tengo el corazón contraído pero la magia se impone poco a poco. La luz de las llamas se vislumbrará como un faro desde muchas millas mar adentro, el ritmo incansable de las percusiones cubrirá la noche de la llanura, la playa solitaria, el continente. Exactamente tal como pudo suceder hace más de mil años antes de que las naves del hombre europeo arribaran a estas costas. Bailamos, tocamos, soñamos.

Después en la cama, desvelado por la emoción y el fragor de los insectos pienso que las lágrimas de Mariama obedecen a dos causas: al afecto que ha germinado y a unas expectativas que ve volar. No sabría decir cuál de las dos pesa más pero aunque sea la segunda no le reprocho nada porque admiro el futuro que persigue y porque creo en su noble corazón.

5.10.11

HELVETIUS Y ROUSSEAU

No deseo hablar otra vez de propuestas frustradas. Encuentro al verano bien maduro ya, siempre insuficiente, con sus baños en el mar, con sus noches reflejadas en la piscina del “Bar del Limonero”, con lánguidos susurros en añil, con sed insaciable. Sin noticias de Anja, quien tal vez se encuentre ya por las montañas caucásicas.

Prefiero recordar una conversación sostenida unas pocas jornadas atrás, el eterno debate sobre el optimismo o pesimismo antropológicos, las teorías acerca del efecto de la sociedad y las circunstancias sobre la naturaleza esencial del ser humano. No tengo respuesta pero me desagradan las generalizaciones. ¿No es posible que algunos hombres sean primigeniamente bondadosos y otros egoístas a parte de la evidente influencia que el azar geográfico del nacimiento ejerce sobre ellos? Los periódicos demuestran a diario que la inmoralidad y la ausencia de escrúpulos anidan en el espíritu de muchos congéneres. La Historia es una sucesión de ejemplos.

Sin embargo existen también personas como Javier Blanco que con enternecedora naturalidad compromete su vida en ayudar a los que puede entre los millones de desfavorecidos de la expoliada África. Corpachón desgarbado, aire distraído, acento canario… Héroe invisible, anacrónico caballero… Cuando se lo pedimos gastó su tiempo, sus fuerzas y seguramente hasta su dinero en ayudarnos con Mariamma sin conocernos, sin referencias de ningún tipo.

O Salvador… A pesar de lo acordado nadie nos esperaba en el aeropuerto de Banjul y como era previsible un ejército de personas nos abordó ofreciéndonos ayuda, taxis, hoteles, habitaciones, sin dejar margen para la búsqueda de soluciones ni para que pudiéramos comunicarnos tranquilamente. La humedad y el calor eran sofocantes. Entonces la voz cansada pero serena de un hombre blanco se dirigió a nosotros en español desde una cercana silla de plástico. Era Salva y estaba esperando a sus amigos Óscar y Ángelo, un ítalo-argentino y un ítalo-peruano que llegaban también en nuestro vuelo.

Nos subimos todos a su polvoriento vehículo conducido por un lugareño que trabajaba para él y entonces, de pronto, el tiempo se acelera y nos vemos atravesando un caos de gente, polvo, voces, colores y olores hasta una destartalada casa en Lamin. En el pequeño patio destacan dos enormes antenas parabólicas y Mia, la joven criada, sale a recibirnos riendo vestida de verde, rojo y amarillo. Entramos a una sala que no difiere mucho de una chabola, descargamos los equipajes ligeros, Ángelo y Óscar se despechugan enseguida, animadamente, y beben agua del grifo sin la menor preocupación. Nosotros aceptamos unas cervezas.

Pedazos de sus historias personales van surgiendo en la conversación como piezas aisladas de un rompecabezas imposible de recomponer. Salva es de Barcelona y lleva 30 años viviendo aquí, nos dicen que es el alcalde de Lamin. Hablan de remotos negocios relacionados con la pesca, de viejos mercantes, del restaurante, de la aventura de África. Cuentan anécdotas acaecidas en Inglaterra, Italia, Las Palmas, Canadá, El Congo, Guinea… Óscar nos relata como su ex- mujer había muerto cogida de su mano unos días atrás mientras se achucha con Mia que parece muy cariñosa y alegre y que propone a mi acompañante que nos quedemos alojados en la casa.

Unos meses después supe por Javier que Salvador había fallecido y aquel único día que mi vida se había cruzado con la suya cobró una significación nueva.


8.8.11

SITUACIONES ILUSIVAS

Tengo un sueño recurrente. Olas regulares y espaciadas que vienen hacia mí y las tomo serenamente, me sumerjo y dejo que pasen por encima o permito que me eleven con suavidad hasta la cresta y desciendo después. Ligeras variaciones matizan la sensación. Puede suceder de noche o a la luz del día, unas veces me encuentro cerca de la orilla y otras mar adentro, solo o acompañado. En ocasiones son olas pequeñas pero también pueden ser imponentes, como colinas macizas. Siempre regulares y espaciadas. Generalmente es un sueño que no me genera angustia sino más bien una sensación de paz, de una paz largamente esperada aunque extrañamente inquietante, como una premonición.

En la playa de Famara sentí que me había engullido mi propio sueño. El sol rotundo y el viento persistente hacían resplandecer el horizonte provocando esa escalofriante impresión de infinito. Las olas se elevaban exactamente en el mismo punto y a la misma altura, avanzaban a idéntica velocidad y yo las tomaba por debajo cuando se aprestaban a golpearme, emergía a sus espaldas cuando ya las había sentido pasar sobre mí y las veía alejarse rápidamente y romper con fuerza y espuma. A pesar de que el agua estaba fría y no había nadie cerca lo repetí durante horas, monótonamente, fascinado por la reiteración idéntica, víctima de un hechizo que podía haberme mantenido allí prisionero hasta el fin de no ser por un milagro que en algún momento rompió el círculo.

Yaiza. Casitas blancas, tierra roja, plantas risueñas, pequeña plaza con iglesia deslumbrante. Un pintor en un banco que pinta ese cuadro del que formamos parte. Impresiones que por un instante parecen avisar de que ése es el lugar. Noche, luna. Compañía de una dama cuyo nombre debo omitir; “la luz del entendimiento me hace ser muy comedido”, diría García Lorca.

A menudo, por las tardes pasábamos a tomar café y un helado donde Angelusa que nos animaba a empezar una nueva vida en la isla. Ella hacía poco que había regresado de una nueva vida que fracasó.

Visitamos una gran cueva subterránea dónde antiguamente los lugareños permanecían escondidos, a veces durante semanas, cuando desembarcaban los piratas. Ahora ya no hay donde esconderse de los saqueadores. Pero el embaucador destello verde que el sol arranca a la olivina en la arena, la piel delicada abrazada a la ruda arista mineral, las noches agitadas de malvasía cerca del mar hacen que parezcan lejanos, olvidados.

Poco antes de que el viento de África trajera la plaga de langostas, una noche que cruzábamos Timanfaya, detuvimos el vehículo en el arcén de la carretera desierta estremecidos por la violencia de la soledad que de allí emanaba. La luz lechosa animaba de movimiento mudo al árido mar de roca que se extendía a nuestro alrededor. Su llamada era tan impetuosa que de haberme encontrado solo me hubiera zambullido toda la noche en esa marejada surgida del fuego hasta que el amanecer me hubiese encontrado a la orilla del mar.


25.3.11

SOLEDAD

Poco antes del crepúsculo estuve paseando por la playa para que el rumor perseverante de las olas me oxigenara los pensamientos. A la orilla de este exhausto Mediterráneo que cada vez trae más plásticos y menos conchas. Pero estamos en marzo todavía y el aire del mar olía intensamente a mar, no a cremas y aceites.

Como no tenía ganas de dormir después de cenar fui a visitar a Miguel y nos bebimos una botella de vino charlando de lo que nos gustaría que nos pasara y no nos pasa. De regreso a casa me metí en la cama y estuve recordando a mis amigos lejanos con los que perdí el contacto hace tiempo: Satomi, Noriko, Kyoko, Shu, Waka… ¿Qué habrá sido de ellos? Me preocupan. Ojalá no se encontraran en el lugar inadecuado. Nuevas inquietudes reemplazaron a éstas y a medida que la madrugada avanzaba disciplinadamente aumentaba mi incomodidad, hasta que me rendí a una de esas raras noches de insomnio que ocasionalmente se me presentan. Entonces me levanté y ocupé el sillón, envuelto en una manta, escuchando la lluvia en el exterior de la casa del acantilado y aguardando a que la primera luz destacase las ventanas en la oscuridad del cuarto.

En esa espera fútil me pareció que no existe soledad más absoluta que la de permanecer despierto en la noche rodeado de gente que duerme. Recordé las guardias nocturnas en el Argo que ahora ya parecen soñadas. Todas las voluntades confiadas a una sola, la mía, responsable de un frágil refugio bajo las estrellas, dueño por unas horas de los destinos de un puñado de amigos.

Es hermoso contemplar los rostros dormidos de aquéllos a los que queremos. Aunque dé un poco de miedo. Produce una suerte de vértigo comprender que únicamente sus cuerpos se encuentran allí con uno. El aire entra y sale de los pulmones, el corazón late, la sangre circula, pero sus vidas transitan inaccesibles, cada uno desprotegido y solo en el universo donde habitan sus propios fantasmas y del que los demás estamos absolutamente excluidos aunque a veces quizá asome nuestra sombra.

Sin darme cuenta, para sustraerme a ese tiempo inhabitado, iba susurrando viejas canciones que me transportaban a recuerdos aún más lejanos.


"Mikes Blender"